viernes, 5 de diciembre de 2008

Maikos por un día.

Me resultó curioso encontrar en Kyoto, por los alrededores de sus templos abarrotados de gente, a numerosas turistas que pagan por vestirse y maquillarse como una maiko (aprendiza de geisha) para después posar ante una multitud ávida de nuevas fotografías. Al principio quedas impresionado ante tanto colorido, sus maquillajes, sus kimonos, su "aparente" delicadeza...casi, casi, desde lejos pueden llegar a engañar pero rápidamente, si eres observador, puedes detectar algún fallo que deje al descubierto su impostura. Un paso torpe, un gesto precipitado, un rictus forzado por la vergüenza...vamos, como si nos ponemos un smoking por primera vez en nuestra vida y nos sueltan en la plaza del pueblo ante un centenar de cámaras fotográficas que disparan sin cesar sus flashes contra nosotros.
Después de cenar decidimos dar un paseo por Gion, el distrito donde tradicionalmente trabajaban las geishas, para disfrutar de su ambiente. Inicialmente nos encontramos, cerca del teatro Minamiza, con una zona de ocio llena de restaurantes, pachinkos, karaokes, clubes, etc. Luz y ruido por todas partes, humo, gente, a veces rayando lo vulgar y lo grotesco. Salimos de allí con la convicción de no haber venido hasta Kyoto para ver esto.
Nos acercamos hasta Hanami-Koji ("observar las flores") que es una zona más tranquila, silenciosa y elegante, de luces más tenues; lugar selecto, en algunos de sus negocios no se puede entrar si previamente no hemos sido presentados por alguien de confianza, por otro cliente que nos avale. Aquí es donde trabajan las maikos y las geishas, por estas calles paseamos jugando a imaginar lo que sucederá en las reuniones privadas de sus locales. Hanami-koji es de visita obligada si estamos un par de días en Kyoto.
Íbamos comentando la curiosa imagen que fue ver cómo los cocineros y las camareras de un restaurante salen a la calle a realizar reverencias al taxi de un cliente hasta que gira la esquina, y de repente desde un callejón salió silenciosa pero llena de fuerza la imagen de algo nuevo, distinto para mí: era una maiko que iba o regresaba de algún trabajo. Nuestras miradas casi ni se cruzaron, nos vio y bajó la cabeza, evitó nuestro encuentro y siguió otro camino con pasos rápidos y silenciosos, precisos. No pude hacerle ninguna foto pese a llevar la cámara al cuello, no quise violar ese instante mágico, no quería entrar torpemente en su recinto, nos limitamos a verla desaparecer en la noche para así nunca olvidarla.
Como un fantasma la recuerdo, como un sueño hermoso que no quiere mostrarse, permaneciendo en su mundo flotante de "flores y sauces" como hace cientos de años.
Nada que ver con las "maiko por un día" que vimos esa misma mañana junto al templo de Chion-in.




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